En “Tiempos modernos”, de Chaplin, apareció uno de esos momentos que pasan a la historia del cine: Charlot trabajaba en una fábrica y su cometido era apretar tornillos con una llave en cada mano. El movimiento era esteriotipado y continuo, porque estaba frente a una cadena de montaje y las piezas no paraban de pasar ante su vista. Al terminar la jornada caminaba por la calle haciendo el mismo movimiento que no paraba de repetir en la fábrica, incluso se acostaba y continuaba.
Esa es la sensación que dejan algunos trabajos; la jornada acaba y sin embargo sigues en la tajo. Recuerdo un día en concreto en la fábrica: la máquina que pone las etiquetas con las fechas de caducidad estaba averiada y no la ponía a cada botella. Así que ni cortos ni perezosos mandaron a un chaval que controlara que todas las botellas debían tener la etiqueta. Pasó ocho horas mirando botellas pasar, en total pudieron pasarle por las narices 500000 ó 600000. El turno terminó y salimos a la calle; caminando por el patio lo miré de reojo y me percaté de que no se había quitado las gafas de seguridad, además caminaba despacio, con la vista perdida, despeinado y con los pantalones apunto de caer. Era un auténtico zombie de peli de serie B. La buena noticia es que tiempo después volvimos a coincidir y se comunicaba y actuaba con normalidad.
La pregunta es la siguiente: Si después de media hora de jugar al Tetris cierras los ojos y ves figuras cayendo, ¿durante cuánto tiempo estuvo viendo este hombre las botellas en procesión? Tití-ti-ti-ti-titití-titi-ti-ti-ti-ti-tití....